miércoles, 20 de febrero de 2013

Euclides...


Ayer te vi, por primera vez fuera de mis sueños. Es que estoy segura de conocerte de mis sueños, dado que nunca en la tierra nos habíamos cruzado.
Sin embargo te conozco, conozco tu sonrisa y la comisura de tus labios, el brillo pícaro de tus ojos al descubrir como un niño el misterio del mar. Me hechiza tu risa, que suena a campanas y esa forma franca de ser.
Guau! No sé de dónde te conozco, pero sé que te he visto… puedo descubrir en un instante que te hace feliz, aquello que te sorprende…
No creo en otras vidas, supongo que porque no las recuerdo. Pero a ti te conozco, aunque jamás te haya cruzado en mi vida…
No creo en el amor, esos cuentos no son para mí…
Así que sigo preguntándome de dónde te conozco y por qué me hechiza tu sonrisa y me hipnotizan tus ojos color ámbar
Como debo darte un nombre, te llamarás Euclides…
No importa tu nombre real, para mi serás eternamente Euclides… aunque en mi teléfono figure otro nombre, otra edad y otra realidad.
 
Euclides, esta historia muere aquí. Igual que las campanas que anuncian a los vientos las noticias, este escrito anunciará que nos reencontramos; pero al finalizar de leerlo ya nos habremos olvidado…

martes, 14 de febrero de 2012

Un rostro más...

Es un rostro más, anónimo y fugaz. Pero al que el tiempo marcó con fuego y dolor.
Es un ser sin pasado, sin futuro, con un presente de abandono. Es de la calle, tan olvidado como presente, aunque no es un perro; eso poco importa, igual recibe las migajas de una sociedad apurada, que olvida o que no ve, porque no quiere o porque no puede.
Su nombre no lo sé, su edad mucho menos; puede ser la de mi padre o tal vez la de mi abuelo. Lo que sé es que sus ojos están cansados, sus piernas han recorrido muchas veces este desierto de cemento. Lo que sé es que no es fácil resignar los sueños, lo que sé es que la vida no fue sencilla...
¿Cuándo perdió la batalla? ¿o sigue luchando? Sé que aún sonríe, lo cual muestra que aún tiene esperanza...
Tiene una bella sonrisa, aunque puedo contar sus dientes con una mano. Pero es bella, porque nace de su corazón, la ofrece a quién le hable o le brinde un segundo de su tiempo, o algo para comer o beber...
¿De dónde es? De la cuidad, creo que nadie sabe dónde va o dónde viene, pero sé dónde lo puedo encontrar, bajo los portales de los edificios de mi barrio. Siempre cargando sus bártulos, siempre la misma bolsa, con los mismos objetos... ¿Trabaja? No sabría decir, viaja a una Iglesia seguido...
No es el único, la ciudad está llena de ellos. Pero no siempre se los ve. Creo que notamos su presencia cuando el frío acecha y la compasión se desata... ¿Pero en verano? Ellos siguen allí, con frío o calor, con sol o con lluvia...
Pero es un rostro más, pero tal vez mañana sea un rostro menos...
Al cerrar los ojos, ellos no desaparecen. Alguna vez se han construido muros para separar, para no ver... No hay muros de cemento en esta ciudad, pero si existen dentro de las mentes de sus habitantes... Cada vez que se juzga por su apariencia o poder adquisitivo, cada vez que se niega una sonrisa o un saludo, le quitamos existencia, se vuelve invisible aquello que no queremos ver...
Tal vez este hombre sea un rostro más; pero culpa de su sonrisa, para mi, no será un rostro menos...

lunes, 13 de febrero de 2012

¿Las nubes son al cielo lo que las olas al mar?

Soledad

La soledad era una compañía, era su compañía la mayor parte de sus días. No estaba sola en el mundo, había personas junto a las cuales transcurrían sus días, personas con la cuales compartía horas de trabajo y cumpleaños, con las cuales conversar y disfrutar del cine, el teatro, etc. Pero esas personas tenían vidas, amigos, parejas, hijos... No es que no tuviera amigos, a veces creía tenerlos... pero otras no. No es que las demás personas fueran el problema, o tal vez si, quién sabe. Sucedía que nada le parecía real, las palabras los gestos, los veía carentes de sentido, falsos, una simple ilusión para un ingenuo corazón...
La cuestión era que pasados los momentos ocasionales de alegría y compañía humana, todo quedaba en soledad. Las risas y las palabras de desvanecían en el aire, se evaporaban como gotas de agua dulce en un desierto... No había nadie que sonriera cuando llegará a casa, nadie que enviará flores o que abracé cuando el mudo se volvía un lugar oscuro...En esos momentos ella estaba a su lado: la soledad, su dulce compañía. En las noches de invierno y las de verano, ella dormía a su lado. extendiendo su mano podía acariciarla recostada en su cama.
Su presencia llenaba todo, pero nadie lo notaba.  Ella seguía sonriendo, siempre sonreía. En las bodas, en las fiestas, en los velorios, la soledad era su compañía. Nadie veía esa compañía a su lado, o a nadie parecía importarle; a ella no le importaba, o eso hacía creer a los demás. Su sonrisa encandilaba de una forma tal que nadie veía que sus ojos no brillaban, nadie notaba que la soledad la mataba...

martes, 10 de enero de 2012

Promesa (2004)

Cuando no haya mañanas de sol,
cuando el frío se trague mi voz;
cuando no sienta diferencia entre el frío y el calor;
cuando el mundo se apague y el amor se acabe;
cuando las estrellas estallen y el sol se apague,
aún ahí te amaré y a tu lado estaré.
Cuando las rosas se marchiten, porque la bruma las mate;
cuando el tiempo se detenga y ya no tenga tus palabras;
siempre tu mirada en mi alma estará guardada.
Cuando mi piel se congele a causa de la gente,
cuando en  mi mente se escuche el eco de la muerte;
de tus labios saldrán melodías que recuperen mi mente.
Cuando todo mi mundo se reduzca a una cama,
cuando la soledad invada mi alma;
cuando la vida se esfume de mí, como un perfume;
cuando no quede más que una ventana;
recordaré los momentos en que te besé,
para olvidar que la muerte viene a llevarme.
Cuando ella venga por mi, amor;
cuando me lleve más allá del mar,
cuando no te tenga más a mi lado;
recuerda, amor, que siempre,
aunque no esté presente, te amaré.
Cuando pienses en mí, cariño
renaceré y a la muerte derrotaré;
porque te amo y te amaré,
y ni después de mi muerte
podré dejarte de querer...

sábado, 17 de diciembre de 2011

Ojos cerrados

No era tan simple abrir los ojos. No tanto por el miedo a ver, sino a no ver lo que nos gustaría.
Es más fácil que otros nos describan las cosas, que nos cuente sobre el cielo y sus colores, cómo la luz nos pinta un paisaje que no nos atrevemos a ver, a sentir, a vivir...
¿Es realmente más bello vivir en oscuridad? Vivir sin saber si es o no real aquello que nos cuentan, debiendo confiar a ciegas, tropezando con aquello que no vemos. Pero que sería mucho más sencillo esquivar, si simplemente nuestros ojos surcaran el horizonte...
Pero seguimos con vendas, seguimos sin querer ver... Seguimos navegando a la deriva de una oscuridad que podríamos derrotar, todo por miedo.
Miedo de la luz, de los colores, de la verdad...
Miedo a que el mundo no sea lo que imaginamos...
Miedo, por qué no, a encandilarnos...
Miedo a ser nosotros quienes veamos, quienes vivamos...
Miedo que nos vuelve tontos, que nos transforma en cobardes...
Al fin de cuentas, si el mundo no es lo que imaginamos, si vemos, si vivimos, si soñamos... podremos transformarlo...
Pero mientras nos neguemos, por puro capricho, a liberar nuestros ojos... seguiremos siendo esclavos de otros...